Bután, o cómo abrirse al mundo y conservar la pureza

Un edén montañoso entre dos gigantes. Es una buena forma de definir Bután, un país del tamaño de Suiza que sobrevive ajeno al mundo moderno en el tramo oriental del Himalaya, entre India y China. Su mayor aliciente es que alberga algunos de los ecosistemas mejor conservados del mundo, gracias a la falta de incursión en un territorio que no conoció lo que era la televisión hasta el año 2000.

Un edén montañoso entre dos gigantes. Es una buena forma de definir Bután, un país del tamaño de Suiza que sobrevive ajeno al mundo moderno en el tramo oriental del Himalaya, entre India y China. Cuenta con una población de unos 800.000 habitantes, según el censo oficial, aunque hay quien afirma que el número real roza los dos millones. Y es que esclarecer cifras concretas en un territorio que vivió aislado del resto del mundo hasta la década de los 50 es aún hoy complejo. Sí se sabe, no obstante, que la mayoría de habitantes residen en los valles cultivables, en las zonas del sur y en los pueblos y ciudades.

Monasterio budista de Paro Taktsang en las montañas Bután


El mayor aliciente de Bután es que alberga algunos de los ecosistemas mejor conservados del mundo, gracias a la falta de incursión en un territorio que no conoció lo que era la televisión hasta el año 2000. Lo más bello de su paisaje son sus bosques, tropicales y frondosos, extendiéndose por las abruptas montañas del Himalaya. Una homogeneidad salvaje solo interrumpida por las fortalezas Dzong, características del país.

Este ambiente natural y puro casa con la religión mayoritaria del país, el budismo, con gran influencia en la forma de vida de sus habitantes. La monarquía parlamentaria de Bután se rige por lo que ellos denominan Felicidad Interna Bruta, un juego de palabras con el concepto de Producto Interior Bruto (PIB). Y es que la necesidad de abrirse al resto del planeta fue vista en Bután como un riesgo de padecer los mismos males que Occidente, por lo que se ideó una filosofía propia que fusionara lo mejor de los avances del primer mundo con lo mejor de la cultura tradicional de Bután.

De este modo, la inversión gubernamental en el último medio siglo se ha destinado esencialmente a la educación, la sanidad y las infraestructuras. Algo que, pese al buen trasfondo moral, no pone fin a grandes males típicos de un país en vías de desarrollo: falta de agua potable, baja esperanza de vida y alta mortalidad infantil.

Sea como sea, la nueva política del país permite al fin la entrada de turismo, pero siempre bajo límites estrictos para evitar la masificación y las consecuencias negativas de la misma (por ejemplo, la imitación de conductas nocivas entre la juventud, como el consumo de drogas). Es por eso que solo pueden visitar Bután unos 7.000 turistas al año, siempre mediante viaje organizado y bajo pago de 200 dólares (tasa mínima) por día de estancia.

Se calcula que solo 500 españoles se desplazan anualmente a este país. La mayoría de visitantes son estadounidenses, japoneses, alemanes y británicos mayores de 45 años, con un poder adquisitivo elevado y con mucho mundo recorrido. «Para muchos Bután es el último pin de su colección», cuenta Jorge Monje, director del hotel Uma Paro de Bután, en declaraciones para Ocholeguas.

Es, por tanto, un destino tan inexplorado como exclusivo, solo apto para bolsillos holgados o con unas ganas locas de visitar el lugar. Si es vuestro caso, tened en cuenta que la mejor época para este viaje son los meses de octubre- noviembre y marzo– abril. El clima es más benigno y se celebran varias fiestas tradicionales. ¡Buen viaje!

Foto: thomaswanhoff en Flickr.com.

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