Altea, reserva del sabor mediterráneo levantino

Altea

En el litoral valenciano queda poco del sabor más añejo del Mediterráneo: la construcción sin límites y el turismo de masas han acabado con gran parte de su antiguo encanto. Sin embargo, quedan rincones que permiten intuir cómo fue aquél tesoro, gran parte del cual descansa hoy enterrado bajo del cemento.

Altea es uno de esos pueblos donde todavía se puede respirar la esencia que emana de la famosa canción de Joan Manel Serrat: calles estrechas y empinadas, encaladas de blanco, que bajan sinuosamente hasta dar con ese mar que une a tantas culturas y pueblos.

Situada en la costa la comarca de la Marina Baixa, entre las ciudades de Benidorm y Calpe, Altea es una de las localidades más bonitas de la Costa Blanca. A pesar de que tampoco ha escapado a la construcción que acecha sin descanso al litoral valenciano, ha conseguido al menos mantener el encanto mediterráneo en su casco antiguo.

La primera línea de costa (cuenta con unos 6 kilómetros de playa, calas y acantilados), cubierta por las típicas construcciones turísticas que salpican todo el litoral valenciano, da paso a un antiguo casco antiguo digno de ser paseado con calma, para poder saborearlo.

La Iglesia de Nuestra Señora del Consuelo se encuentra en la cumbre de la colina sobre la que creció la población: con sus dos cúpulas de tejas azules, es el emblema de la ciudad y el motivo de muchas postales de la ciudad. Además, a lo largo del camino que recorreremos hasta llegar hasta arriba, encontraremos diversos miradores desde los que disfrutar del paisaje y donde poder respirar el aire fresco cargado de salitre.

Refugio de artistas

Sus calles empinadas y tranquilas, su tiempo bondadoso y su cocina mediterráneamente sabrosa ofrecen un refugio perfecto para todo aquéllos que deseen retirarse del extrés de la gran ciudad. También para aquéllos que busquen la tranquilidad que les conceda la inspiración creativa: para los artistas. Altea ha sido lugar de acogida para diversos pintores, escritores y músicos de mayor o menos calibre: en su seno han vivido personajes tan dispares como Blasco Ibáñez, Marisol, Alberti, Benjamín Palencia o Francisco. No en vano, la localidad acoge la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Miguel Hernández, cuya sede principal se encuentra en Elche. Ello da un toque académico a una ciudad que vive fundamentalmente del turismo.

Y como en todo el litoral valenciano, la fiesta es uno de los pilares de la cultura popular de la ciudad: en febrero, las fiestas de «Mig Any» («Medio Año», en valenciano) de moros y cristianos; en junio, las fiestas de la Santísima Trinidad del barrio de Bellaguarda; en julio la fiesta marinera en honor a Sant Pere; en agosto, las fiestas de Sant Roc, de Sant Llorenç, Sant Isidre y Sant Lluís; y así hasta volver a empezar sin poder acabar nunca.

Seguro que los estudiantes de Bellas Artes lo tienen difícil para concentrarse; o quizá así encuentren más fácilmente la inspiración….

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