Calatañazor, un pueblo congelado en la Edad Media

El abandono es uno de los grandes males para muchos pueblos de Castilla y León. Sin embargo, para Calatañazor ha sido su mejor baza. La escasez de habitantes hace que su aspecto de hoy sea el mismo de hace siglos.

Tomar el coche y adentrarse en las llanuras de Castilla y León es una experiencia que nos lleva entre inmensos campos de trigo y girasoles. Y entre tanta llanura, de vez en cuando asoman pequeñas aldeas, algunas abandonadas y otras en grave peligro de estarlo. Son el recuerdo de un esplendor rural, de un pasado donde la tierra aún competía en protagonismo con el auge industrial.

La mezcla de decadencia e historia de estos lugares hace que conserven aún un resquicio de encanto. Un encanto melancólico, solo interrumpido por el chirriar de las chicharras bajo el sol intenso del verano. Y si hay un lugar para vivir esta experiencia, sin duda es el pueblo de Calatañazor. Un pequeño enclave de 66 habitantes -según Wikipedia-, parte de la provincia de Soria y situado entre esta localidad y Aranda de Duero.

Lo que para otras aldeas ha sido la ruina, para Calatañazor ha sido una gran baza. Gracias al olvido y a la escasa incursión del hombre, es el pueblo más medieval de la provincia. El pueblo es sencillo de recorrer y consiste en una sola calle empinada, cuyo suelo aún conserva el tradicional canto rodado. Un canto desgastado por el paso de los siglos, de los pies y de las ruedas.

Las casas que dibujan el camino cuentan con siglos de historia, y eso es algo que se desprende de su arquitectura. Las paredes son de barro y paja, o en el mejor de los casos de mampostería de piedra. Un sistema antiguo que consistía en algo tan simple como encajar piedras una encima de la otra. Algunos tejados están coronados con chimeneas cónicas, hechas con trozos de teja, que recuerdan el sombrero de un duende.

Tal es el encanto centenario de esta calle que Orson Welles lo escogió para grabar algunas escenas de su película ‘Campanadas de Medianoche’. Pero si llegamos al final de la misma, a su extremo superior, nos esperan más sorpresas. Allí encontramos el ayuntamiento de Calatañazor y el acceso a los restos del castillo. Otro de los encantos de la visita. Su origen se remonta a los siglos XIV y XV y fue hogar de la familia Padilla. Hoy en día aún perviven la torre de homenaje, parte de las murallas y el foso.

Quienes quieran continuar la excursión más allá del pueblo, deben dirigirse al Sabinar de Calatañazor, una reserva natural que permite descansar bajo la sombra de árboles frondosos y robustos. Muy cerca del mismo se encuentra la Fuentona, un espacio que recibe el nombre del pequeño lago que el río Albión dibuja en su interior.

Como vemos, a veces lo que parece abandonado ofrece en realidad un impagable recorrido por la historia. Una escapada a este pueblo castellano es un viaje en el tiempo que, sin duda, os invitamos a experimentar.

Foto: paspalleteir@.

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