Viajar gracias al cine: Lost in Translation

Lost in Translation es una excelente película que nos muestra muchas escenas de cómo se vive en las calles de Tokio.

Lost in Translation fue una película que chocó y que dejó una buena sensación en el público mediante una historia emotiva y original. Se llevó un Oscar a mejor historia original por su guion y consiguió que Bill Murray, uno de sus protagonistas obtuviera más de un reconocimiento por este trabajo. Pero Murray y, en aquel tiempo una desconocida Scarlett Johansson, no fueron los únicos protagonistas: la ciudad de Tokio también brilló. Era el año 2003 y, en ese momento, la capital japonesa todavía no se había convertido en ese centro de turismo internacional tan masificado como lo es en la actualidad.

Lost in Translation nos cuenta una historia de amistad, en la cual destacan Bob Harris y Charlotte, dos personajes tan diferentes como parecidos, que por el azar del destino se encontrarán uno con el otro. Harris es un actor de mediana edad en plena decadencia, sus éxitos en Hollywood se han olvidado, y en estos momentos su carrera pasa por rodar anuncios para lograr los ingresos suficientes. Su último trabajo reside en viajar hasta Japón y rodar un anuncio promocional de una marca de whisky.

Sin demasiada ilusión por encontrarse en la preciosa capital japonesa de Tokio, el actor intentará dejar pasar el tiempo sin muchas pretensiones, hasta que se encuentre con Charlotte. Esta joven y adorable americana está en la ciudad nipona acompañando a su marido, un fotógrafo profesional demasiado vinculado a su trabajo, al que le queda muy poco tiempo para estar con ella. Debido a la ausencia del fotógrafo, Charlotte se encuentra sola y perdida, situación que cambiará cuando encuentre amistad en un simpático actor. Juntos descubrirán Tokio como podría hacerlo cualquier pareja de amigos, visitarán lugares nocturnos, disfrutarán con la experiencia de ser extranjeros en un complicado país como Japón, y descubrirán una nueva forma de mirar la vida.

La directora del film tenía muy claro quién debía interpretar a Bob Harris, nada más y nada menos que Bill Murray, la eterna sonrisa de Hollywood apreciada tanto por fans como por cinéfilos varios. Murray, que llevaba unos años sin recibir papeles realmente fuertes, aceptó la propuesta, viajando a Tokio para comenzar un rodaje lleno de sobresaltos. El resultado de su incorporación a Lost in Translation fue un éxito demoledor, puesto que se hizo con la batuta delante de la cámara para conseguir una película tan emocionante como divertida. Su humor está presente en todo el film, tanto en escenas donde se busca el gag, como en situaciones más cotidianas, en las que sus gesticulaciones superarán a las frases del guion.

Bill, que a día de hoy sigue siendo uno de los cómicos del Saturday Night Live más recordados, cuenta con un currículum cinematográfico realmente extraordinario. Si echamos un vistazo al historial de éxitos del actor encontraremos clásicos de la comedia como Academia Rushmore o Atrapado en el Tiempo, sin olvidarnos las películas de acción y humor de los Cazafantasmas. Por desgracia, su gran interpretación de Bob Harris no fue suficiente para hacerse con el Oscar, aunque en los Globos de Oro sí consiguió el premio al mejor actor. La compañera de Murray en Lost in Translation es la bella Scarlett Johansson, nacida en el año 84, esta actriz aun no había alcanzado en aquel tiempo las cotas de popularidad a las que ha llegado ahora. Durante el film, Scarlett interpreta su papel con sencillez y realismo, creando un personaje complejo y lleno de dudas, pero también con una personalidad escondida que iremos descubriendo poco a poco.

Lost in Translation es una película tan bonita como divertida, que refleja la filosofía japonesa en cada una de las escenas, mientras los actores americanos se lucen muestran en todo momento el contraste que se produce mientras recorren Tokio. El guion cumple de sobras con su propósito, presentándonos a dos personajes de lo más interesante, y el desarrollo de la historia también hace justicia a la calidad de los actores.

Coppola podría haber pulido ciertos aspectos de la película, pero aún con algunos puntos negros, sigue siendo una obra a la cual merece la pena prestar atención. De ella destaca la manera en la que sabe representar Japón, de forma intelectual, pero manteniendo el espíritu del país, tan cerrado como complejo, y del que no es difícil empaparse tras realizar algunos descubrimientos. El film tiene sentimiento y emoción, y aunque no es nada convencional, deja una muy buena impresión entre todo tipo de espectadores que quieran disfrutar de una historia humana en un entorno diferente. Sus decorados y el trabajo de fotografía, complicado por las limitaciones de las leyes japonesas, pero de un resultado más que cuidado, hacen que el film sea disfrutable y se convierta en una buena experiencia visual.

Te la recomendamos ver antes de ir a Japón de viaje, aunque es una pena que no haya más escenas en las calles debido a los impedimentos que ponía el gobierno japonés para rodar fuera de estudio.

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