¡Que bien Lisboa!

Lisboa es una ciudad con una magia especial que merece la pena descubrir. En sus calles se mezcla sus 3.000 años de historia con un espíritu de capital europea moderna.

El monumento a los descubridores de Belem es uno de las joyas de Belem

Lisboa me ha enamorado. Hace tiempo que vivo un idilio personal con la capital de nuestro país vecino. No sé cuándo ocurrió exactamente pero a cada viaje que realizó a allí, es más intenso ese lazo irrompible que me une a esa ciudad tan llena de historia. Si buceo entre mis recuerdos, creo que mi extraña historia de amor se inició con una película. Más concretamente con el monólogo que el personaje Leire, protagonizada por Najwa Nimri, realizó en el final del film Piedras, de Ramón Salazar. En esta escena, narrada como si fuera la lectura de una carta, se veía algunas imágenes de un lugar que desde ese momento quería visitar. Es más, algunos de los fragmentos de esta carta se clavaron en mi mente y me las hice propias: “Lisboa es rara… Es una ciudad de la que tengo recuerdos de cosas que no he vivido”.

Lisboa es una ciudad que vive de sus recuerdos gloriosos pero que se erige a su vez como una moderna urbe europea. Son dos en una. Ambas conviven con total harmonía para placer del que la visita y de sus ciudadanos. Estaréis de acuerdo todos los que habéis viajado, que hay lugares con alma. Pues aquí tenemos una con 3.000 años de historia. Puede que no sea la mejor en nada, pero en su conjunto le aporta una personalidad única. En ocasiones se parece a la Barcelona preolímpica, en otras a la Madrid más actual, pero siempre es fiel a sí misma.

El principal punto de interés es sin duda su centro histórico. Esta zona siempre visitada por miles de turistas se podría delimitar como el área que está entre las colinas donde se encuentran el Castillo y al Barrio Alto y que va desde la Plaza del Rossio hasta el río Tajo. Porque por si no lo sabéis, Lisboa tiene profundas calles empinadas que hacen más que recomendable usar los tranvías que lleva de un punto de interés a otro.

Podríamos decir que la Baixa es la zona principal de este centro. Buscamos hoteles Lisboa, nos calzamos algo cómodo y recordamos recargar la batería de la cámara porque es un continuo paseo entre monumentos dignos de admirar. Por ejemplo, la plaza Rossio es un punto neurálgico para los lisboetas. Siguiendo por la Baixa la mejor opción para no perderse es tener como referencia la Rua Augusta, arteria de este centro histórico. Tomando una calle a la derecha nos encontramos con el elevador de santa Justa, un ascensor clásico hecho de hierro forjado de inicios del Siglo XX, y nos permite tener una gran vista panorámica de la ciudad.


Lisboa está llena de preciosas plazas que aporta un lugar idílico donde reposar del calor veraniego. Una de ellas es la Plaza del Comercio, que está abierta al río Tajo y que ofrece la siempre agradable visión del rio. Se puede decir que es la plaza más importante de Lisboa. Durante décadas fue para el comercio marítimo la puerta de Lisboa. A la izquierda está la colina donde están el Chiado y el Barrio Alto y, a la derecha, la de la Catedral y el Castillo de San Jorge, en el barrio de Alfama.

Un aparte se merece tanto estos dos últimos monumentos. Por una parte, La Catedral de Lisboa, comúnmente llamada Sé de Lisboa, es la iglesia más antigua e importante de la ciudad. Quizás no sea la catedral más espectacular de Europa, pero sí está entre las que más historia tiene. Su construcción data del siglo XII y su estilo predominante es el románico. Su nombre completo es Santa María Maior. Durante su historia la catedral ha sido reformada en varias ocasiones y es que, aunque ha sobrevivido de manera ejemplar, ha sufrido varias catástrofes naturales. El gran terremoto de 1755 destruyó varias partes de la iglesia.

Por otra parte, está el Castillo de San Jorge, uno de los monumentos más conocidos de Lisboa, sobre todo de noche cuando se ilumina su imagen que sobresale en la cima de la colina de San Jorge, la más alta de Lisboa. Construido en el siglo V por los visigodos, el Castillo de San Jorge fue agrandado por los árabes en el siglo IX y modificado durante el reinado de Alfonso Enríquez. En 1938 sufrió una restauración completa. Como muestra de su pasado, actualmente se están recuperando restos fenicios, griegos y cartaginenses.

Pero sería una pena quedarse sólo con esta zona central de Lisboa, ya que un poco alejadas hay otras zonas que merecen mucho la pena. Sin duda, Belem es la más turística de ellas. En apenas unos cientos de metros se encuentran tres de los monumentos más representativos: la Torre de Belem, el Monasterio de los Jerónimos y el Monumento a los Descubridores. Éste último mi preferido a pesar de no ser el más espectacular. Este monumento de 52 metros de altura se inauguró en 1960 para conmemorar el quinientos aniversario de uno de los grandes descubridores de Portugal, el infante Henrique el Navegante, descubridor de Madeira, Las Azores y Cabo Verde. Se trata de un grupo escultórico con forma de punta de carabela sobre el que el Infante abre camino a numerosos personajes que tuvieron que ver con los grandes descubrimientos de la historia de Portugal.

Otra de las grandes razones para ir a esta población son los pasteles de Belem, pequeños bollos de nata de fabricación propia y receta patentada que se venden en un local de varios cientos de metros cuadrados. Conocidos en todo el mundo y auténtica exquisitez culinaria única de la zona.

Otro punto de interés en la ciudad es el Parque de las Naciones creada para la celebración de la Expo 98. Es una microciudad dentro de la ciudad, cuya arquitectura y urbanismo tiene muy poco que ver con el resto de Lisboa. Allí están situados el Pabellón Atlántico –para conciertos y espectáculos deportivos-, la Feria Internacional de Lisboa, el Centro Comercial Vasco de Gama y el impresionante Acuario que no puede dejar de visitar ninguna persona que tenga interés en los animales o en el mar.

Si aún no has recorrido sus calles que parecen haberse detenido en el tiempo, ya es el momento de experimentar este curioso déjà vu. Y si ya la conoces, seguro que no te resistirás a hacerlo de nuevo. Tal y como dijo el monólogo de Piedras como despedida: ¡Ay que bien, que bien Lisboa!”

Fotografía: José Carlos Cortizo Pérez

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