Prenzlauer Berg, un barrio que recupera su esplendor

El paisaje urbano se transforma constantemente y desde la caída del muro las cosas en Prenzlauer Berg han cambiado mucho.

Prenzlauer

Más que cualquier otro barrio en Berlín, Prenzlauer Berg se ha transformado profundamente desde la caída del muro. Si nos acercamos a uno de sus centros neurálgicos, Kollwitzplatz, una plaza sombreada hoy llena de restaurantes y que es ocupada dos veces por semana por un mercado de agricultores orgánicos, nos resultará casi imposible imaginar esa lugar recubierto de hollín que fue cuando se asentaba en medio del Berlín Oriental comunista.

Paradójicamente, sería el hollín (una espesa mezcla de polvo de carbón y desprendimientos de yeso) lo que ayudaría a proteger algunas de las mejores arquitecturas de la ciudad. Las elegantes y centenarias calles empedradas de Prenzlauer Berg, dónde se suceden edificios de apartamentos con un aire romántico, le han merecido la comparación con París.

En los años 70 hubo una llegada importante de jóvenes provenientes de las zonas rurales de Alemania del Este, que ahora residen en los apartamentos de este barrio berlinés y pueden recordar un paisaje urbano muy diferente. Entonces decían que todo se caía a pedazos, si no era por los daños de la guerra, era por la falta de civismo de la gente. Los agujeros de bala de la Segunda Guerra Mundial agrietaban las fachadas de la mayoría de edificios. Las familias compartían baños destartalados escondidos tras las escaleras. Las ratas invadieron de nuevo patios. Un panorama realmente muy diferente al de ahora.

En la década de 1980, los menos favorecidos no podían permitirse alojarse en los nuevos apartamentos en las afueras de Berlín. Así que optaban por valerse por sí mismos en edificios abandonados en Prenzlauer Berg, bajo el ojo de la Stasi, la policía secreta.

Prenzlauer Berg era como el Soho de Nueva York o el Raval de Barcelona: un barrio donde las personas que querían ser libres -artistas, pensadores, revolucionarios- podrían encontrar un lugar. No en vano, la mayor parte de la oposición a la República Democrática Alemana vivían aquí.

Cuando la RDA colapsó, este paraíso del pensamiento libre se convirtió en una próspera ciudad alternativa. La historia de siempre protagonizada por la gran máquina del capital: los inversores se apresuraron a renovar los edificios anteriores a la guerra. Firmas de moda, tiendas de arte y restaurantes que se llenan rápido -como la Casa Istoria, cuyo brunch y deliciosas tazas de café con leche son la mejor cura para las secuelas de un sábado por la noche movidito- se mudaron a las tiendas abandonadas. Kastanienallee, una avenida que asciende por el corazón del barrio y bordeaba antaño el muro, se ganó el apodo de la Milla Macchiato.

Kollwitzplatz es un área para los ricos ahora y cada vez se oye más inglés por la calle que alemán, pero aún así, ha recuperado la vitalidad que perdió años atrás.

Foto: zoetnet

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