La Ruta del Esclavo de Córdoba

En su intento por parecerse a las ciudades europeas, Argentina borró el pasado y la presencia de descendientes de los esclavos africanos. Iniciativas como la Ruta del Esclavo de Córdoba ayudan a recordarlos.

El Cabildo, lugar donde se vendían los esclavos.

Una de las grandes diferencias entre Argentina y el resto de países suramericanos es que cuesta encontrar personas de raza negra. En Ecuador, Brasil o Colombia, por citar algunos ejemplos, no se da esta curiosa situación. Córdoba es uno de los casos que mejor nos ilustran el por qué: a finales del siglo XVI comenzaron a llegar esclavos africanos, y 150 años más tarde representaban el 60% de la población. Pero el afán por parecerse a las ciudades europeas que se produjo a finales del siglo XVIII llevó a un proceso de invisibilización de esta parte de la sociedad, que todavía hoy continúa.

La Ruta del Esclavo de la ciudad de Córdoba nos acerca a ese pasado africano cordobés y argentino, tan difícil de imaginar hoy en día y tan presente que hasta la palabra tango procede del Ibibio, un idioma del sur de Nigeria. La ruta comienza en el Cabildo, en el centro histórico de la ciudad, a donde llegaban los esclavos procedentes del Congo, Angola o Guinea. Aunque algunos continuaban el viaje hasta el Alto Perú o Chile, la mayoría se vendían a la aristocracia o las órdenes religiosas.

Las órdenes religiosas protagonizan las siguientes paradas de la Ruta del Esclavo. La primera es el Monasterio de las Carmelitas Descalzas de San José, donde se encontraban los «rancheríos», las pequeñas casas donde se apilaban los esclavos. Continuamos en la Iglesia de la Compañía de Jesús, en el corazón de la ciudad. En su interior está la imagen de San Pedro Claver, un jesuita español que se hacía llamar «El apóstol de los negros» o «El esclavo de los negros» que se enfrentó a los comerciantes de esclavos de Cartagena de Indias. Curiosamente, la Compañía de Jesús es una de las órdenes religiosas que más esclavos tenía.

El recorrido acaba en la Iglesia de San Francisco, donde nos encontramos con la estatua de otro santo, en este caso San Benito de Palermo. Este santo italiano, también de raza negra, está allí para recordar a una cofradía de esclavos franciscanos que, según cuenta la leyenda, ofrecía servicios sociales a sus miembros y una vez al año celebrara un festín para los presos recluidos en el Cabildo, con los que compartían su falta de libertad.

En la ciudad universitaria por excelencia de Argentina, los esclavos se dedicaban principalmente a actividades domésticas y rurales, aunque también eran destacados artesanos y artistas, como los esclavos de la Orden de la Merced, donde se dedicaban a fabricar y tocar instrumentos musicales. Pese al intento de borrar su huella, iniciativas como la Ruta del Esclavo sirven para conocer un pasado frecuentemente olvidado.

Foto: hsenki

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