Kawah Ijen, un infierno de turquesa y azufre en Indonesia

Este volcán de la isla de Java es popular por su lago turquesa y por sus minas de azufre. Un contraste de colores único en el que decenas de personas trabajan en condiciones muy duras.

Nos situamos en Indonesia, y más concretamente en la parte oriental de la isla de Java. Allí, prácticamente saludando las costas de Bali, encontramos un increíble volcán que forma parte del cinturón de fuego del Pacífico. Se trata del Kawah Ijen, y pese a no ser el más conocido de la zona (otros, como el Bromo, tienen ese honor), son varios los motivos que lo han hecho especial y convertido en aliciente turístico.

Hay dos particularidades en el Kawah Ijen que, unidas, lo hacen único. El primero es un inmenso lago turquesa en el interior de su cráter, casi siempre humeante dada la actividad que alberga el monte en su interior. La segunda es ser una provechosa mina de azufre en la que decenas de mineros trabajan en durísimas condiciones, casi podríamos decir infrahumanas, para proveernos de tan preciado elemento químico.

Ambas cosas dotan al Kawah Ijen de un aspecto en el que el turquesa contrasta con el amarillo y el rojo del azufre. Rojo justo cuando el azufre es expulsado del interior de la tierra, fundido y a una temperatura de 110º, y amarillo cuando entra en contacto con el aire y se solidifica.

La labor diaria de los mineros consiste en alcanzar el cráter del Ijen, a 2.380 metros de altura, trabajar extrayendo el azufre con la ayuda de picos, y bajar de nuevo al pie de la montaña para entregarlo. Hacen dos viajes por jornada, y cada uno demora unas 4 o 5 horas. En el trayecto de vuelta cargan a sus espaldas, con la ayuda de cestos de mimbre, unos 70 kg de azufre.

Ya explicada su labor parece dura, pero aún lo es más cuando uno experimenta en propias carnes lo que es acercarse al cráter del Ijen. Tras la subida, pocos turistas se atreven a bajar a sus orillas. Para hacerlo es necesario máscara de gas, o en su defecto un pañuelo y unas gafas de buceo. Además, no se puede permanecer en el lugar más de 15 minutos. Los gases tóxicos, el fuerte hedor a huevo podrido y el calor lo hacen imposible.

Eso sí, el espectáculo allí arriba es digno de otra galaxia. Y más aún cuando se contempla la obra realizada por el fotógrafo Olivier Grunewald hace apenas unos años. Este hombre caminó en plena noche y en compañía de los mineros a las orillas del cráter. Allí los trabajadores encendieron el azufre, de tal modo que la oscuridad se llenó de llamas azul intenso. Mientras ellos cumplían su labor, Grunewald regaló al mundo una colección de instantáneas que hacen que este lugar luzca aún más fascinante.

Actualmente, como avanzábamos al principio, el Kawah Ijen está incluido en muchos circuitos turísticos habituales. Uno puede llegar por carretera hasta el parking a la falda de la montaña, tras lo cual espera un ascenso a pie de aproximadamente hora y media.

Foto: aan.anugrah.

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