Isla de Pascua, los gigantes durmientes

Isla de Pascua, los gigantes durmientes

Unos niños se quedan obstinados adiestrando los ojos para no desfallecer ante el asombro. Niño y niña, hermanos a la vez, que aún dejan volar su imaginación, y no esperan a que vuelva, hablan en voz baja, como ocultando el sonido de sus propias voces  acerca de esas figuras que tratan de recorrer con avidez de curiosos lejanos. No muy lejos una pareja, esta vez de esposos, se preguntan en voz alta si han podido existir en esta parte del planeta hombres capaces de crear lo que sus ojos ven. Todos ellos se encuentran en la Isla de Pascua, un territorio que pertenece a Chile, pero que ironías geográficas se encuentra a 3700 Km. de la costa de ese país, en la Polinesia, en medio del Océano Pacifico.

Es aún de día, los niños no saben que esas figuras humanoides que rodean la isla llevan por nombres Moais, esas mismas figuras que les advirtieron desde el mar a seres peligrosos de piedra que en cualquier momento dejarían su inamovibilidad y los atacarían. Los Moai despiertan eso: temor y asombro. Sin embargo representan a guardines de una isla que alguna vez, quizá, haya sido la más solitaria del mundo.

El miedo es parte de la diversión en la Isla de Pascua, mantenerse quieto y tranquilo ante las alrededor de 1,000 Moai no es tarea sencilla, aún más si se tiene en cuenta su enormidad que va desde los cinco a diez metros y las catorce toneladas que pesa cada una de ellas. La pareja de adultos se pregunta a qué representan estas figuras con aspecto humano, quizá a dioses antiguos que fungían de protectores de la isla. No lo saben, lo ignoran. Así como tampoco saben con que fuerza fueron colocados allí, uno al lado del otro, en este lugar volcánico.

El asombro por estos gigante durmientes crece con el pasar de los minutos, unos tras otro son parecidos que se estremecen los visitantes ante el temor que puedan despertar. Llevan mucho tiempo dormidos, la posibilidad que en cualquier momento abran sus ojos, miren con desprecio a los visitantes, crea una sensación de adrenalina inexplicable. Los niños son los más felices, están en una isla, pueden caminar libremente pues sus padres están tan o más asombrados que ellos. Es de día, el sol tardará en caer, hay tiempo para no perder la capacidad del asombro y para repreguntarse si estas figuras son dioses, guardianes o simplemente gigantes que duermen por siempre.

Foto | Phillie Casablanca

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