Los Jardines de Viveros de Valencia

Son jardines con historia. Su existencia se remonta a la época cuando vivían los musulmanes en la ciudad de Valencia. El rey árabe Abd Al -Aziz construyó allí una quinta con jardines para su propio disfrute: un lugar entonces llamado Omunya. Cuando el gran Jaime I conquistó Valencia, amplió la quinta y la convirtió en alcazar. Las ampliaciones del lugar se repetirían una y otra vez hasta convertirse aquello en el Palacio Real de Valencia. ¿Palacio de quién? De muchos. Lo fue por primera vez durante el reinado de Pedro IV, pero en él también se alojaron distinguidos reyes valencianos y españoles posteriores, a saber: Martín el Humano, Alfonso el Magnánimo, Carlos I, Felipe II y Felipe III, quien celebró su boda con Margarita de Austria en ese mismo palacio.

Tortuga gigante

Uno los ejemplares arqueológicos del Museo de Ciencias Naturales.

Sin embargo, la invasión francesa acabó con el disfrute de este emblemático edificio. En 1810, el palacio fue totalmente arrasado por razones estratégicas que aún se desconocen, únicamente se salvaron algunas partes del artesonado que actualmente se conservan en el Archivo del Antiguo Reino de Valencia. En 1814, con los escombros del palacio, se ordenó amontonarlos y con ellos se formaron dos pequeños montículos. Alrededor de ellos se plantaron árboles, flores y macizos sustentantes. Y fue precisamente a partir de aquí cuando nacerían los Jardines del Real en toda su extensión y belleza. En 1868, con la Revolución la Gloriosa, la Junta Revolucionaria se apropió de ellos, pero en 1874 la Corona renunció a la propiedad y los jardines pasaron a ser gestionados por la Diputación de Valencia a partir del año 1887. Y así fue hasta que en 1903 fueron cedidos finalmente al Ayuntamiento de Valencia.

Hoy se conocen ya con el nombre de Jardines de Viveros, debido a que en ese lugar donde están emplazados, el terreno se usó como viveros, allí se transplantaban árboles pequeños para transponerlos, después de recriados, a su lugar definitivo. Este hecho está documentado desde 1560. Felipe II de España pedía que le enviaran desde los Jardines del Real naranjos, limoneros y otros árboles frutales a su Palacio de Aranjuez. En años posteriores, el mismo monarca encargó un total de seis mil plantas, arbustos y árboles de distintas familias para su palacio. Por lo tanto, se ve aquí que los jardines funcionaban como viveros de abastecimiento, y también como escuela y cantera de jardineros. No sería hasta 1912 cuando adquirirían la fisonomía de parque municipal para disfrute de los ciudadanos.

Los Viveros están situados en la parte noroeste de la ciudad, frente al antiguo cauce del río Turia y lindan con el edificio del Museo de Bellas Artes en la Calle de San Pio V. Disponen de casi veinte mil hectáreas de superficie, distribuidas en una disposición perfectamente rectangular, con más de 3.000 árboles pertenecientes a 116 especies diferentes. Su interior es todo un laberinto, aunque dispone de algunas avenidas largas, está repleto de explanadas, glorietas, rotondas y pequeños recodos donde los visitantes pueden sentarse a disfrutar del paisaje. El diseño del espacio es obra del arquitecto municipal Emilio Rieta.

Entre la vegetación, las especies botánicas más abundantes son las palmeras con ejemplares centenarios (palmera de California, de Fortuno, datilera, canaria, australiana y de abanico de China), los palos borrachos de Brasil; los ombés, los olmos, los olivos, los limoneros y naranjos, los palmitos de mata, las moreras, los cipreses, las higueras y jacarandas y los laureles comunes y de indias. Existe asimismo desde 1974 la “Rosaleda del doctor López Rosat”, nombre del alcalde de la época que impulsó su creación.

Pero también se puede disfrutar de los numerosos elementos arquitectónicos con los que disponen los jardines: destacan las cuatro estatuas representantes de las estaciones del año, encarnadas en las figuras mitológicas de Venus, Diana, Apolo y Cronos. Cuatro figuras de mármol blanco, obra del escultor barroco Jacobo Ponaznelli, situadas en la glorieta del parque. Además de esculturas, también encontramos fuentes monumentales, una de ellas procede de la Plaza de la Reina y a su alrededor se plantaron más de seis mil rosas de distintas especies, y un estanque con cascada en el que nadan patos y cisnes.

Aparte de eso, hay una casa para pájaros levantada en el siglo XX (1993), una enorme jaula donde las familias pueden ir a dejar gratuitamente a sus pájaros si no pueden seguir haciéndose cargo de ellos. Los visitantes suelen detenerse a observar a los pájaros, desde cotorras, hasta ninfas y periquitos, que revolotean y conviven allí juntos día tras día. También existe un parque infantil de tráfico con una locomotora de época para distraer a los más pequeños. Para los más mayores, está la Alquería de Canet, un modelo típico de la arquitectura rural valenciana. También se conserva una pequeña construcción cubierta que cumplía con funciones de capilla bajo la advocación de San Fiacre, patrón de los jardineros, aunque actualmente está totalmente vacía (solo hay una mesa de altar) y cerrada por una reja metálica. Finalmente, encontraremos también un centro cultural como es el Museo de Ciencias Naturales, de visita obligada, que alberga la colección de restos arqueológicos americanos donada por Rodrigo Botet. Destacan además el enorme oso de las cavernas de la Patagonia argentina y las huellas petrificadas de dinosaurios, junto a multitud de fósiles.

Por último, cabe señalar que en la ampliación que se realizó por la zona norte del jardín, se construyó en 1962 un pabellón del Ayuntamiento para la Feria de Julio. En la actualidad se utiliza como espacio para conciertos, sobre todo durante los meses de verano, también para la Feria del Libro en abril y para las galas musicales durante las fiestas de Fallas.

Fuente: jdiezarnal.com

Foto: arteyfotografia.com

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