El buen turista

Todos hemos sido turistas alguna vez en la vida. Hemos elegido qué transporte es mejor, si el coche, el tren, el barco o el avión, hemos preparado las maletas y después de un viajecito más o menos largo, hemos llegado a tierras foráneas. Pero ser turista es algo más que ir con una gorra puesta para protegernos del sol, una cámara de fotos colgada en el cuello y un semblante de sorpresa en el rostro mientras caminamos entre las calles. Porque visitar un país va más allá de conocer sus mejores monumentos, sus mejores museos y teatros, sus emblemas, su idioma, su gastronomía y su estilo de vida. Porque todo eso conforma algo a lo que se ha venido a llamar cultura. Sí, también viajamos para conocer culturas.

Turistas

Ser turista es ponerse en la cultura del otro.

Pero eso conlleva una gran responsabilidad. Conocer significa respetar. Respetar el medio ambiente, las costumbres, las tradiciones y la forma de vida que se desarrolla en cada lugar del mundo, siempre y cuando, eso sí, la cultura esté dentro del margen legal de los derechos humanos universales. Y aunque parezca una tarea obvia, mecánica, sencilla, es mucho más compleja y psicológica de lo que asemeje a priori. Porque entre nuestros ojos y el lugar que visitemos siempre se interpone una especie de visillo compuesto de prejuicios e ideas preconcebidas sobre nuestro punto de destino que inconscientemente hemos asimilado desde pequeños y nos hemos empapado de ellos. Que si los negros son fuertes pero tontos, que si los árabes son listos y codiciosos, que si los rumanos son ladrones y las rumanas prostitutas.

El ser humano tiende a categorizar las cosas por naturaleza. Y eso conlleva la generalización masiva. Un razonamiento de tipo inductivo basado en la intuición, totalmente erróneo: he visto a un cuervo y es negro, he visto a otro y también era de color negro; he visto a cien y todos eran de color negro. Conclusión: Todos los cuervos son negros. Mal intuido. Posiblemente haya más de uno que no sea de ese color por cualquier motivo, pero nos es más cómodo pensar de la otra manera. Lo que pasa con los cuervos es lo que pasa con las culturas. Y aquí tienen un papel fundamental los medios de comunicación, en la medida en que son exclusivamente ellos los que nos muestran imágenes continuas sobre el mundo exterior, sobre la gente de ahí afuera. Los rumanos solo se mencionan en las noticias cuando asaltan chalets. ¿Querrá decir eso que todos los rumanos son ladrones de casa? Lógicamente no, pero el cerebro automáticamente y de forma inconsciente genera esa categoría.

Sí, debemos reconocerlo: somos diferentes. Y las diferencias culturales (raza, sexo, religión, edad, discapacidad, condición social, orientación sexual, etc.) nos enriquecen, no nos separan. Quitarnos nuestra venda cultural de los ojos, nuestra mirada etnocéntrica, y juzgar las nuevas culturas sin prejuicios es algo tan complicado que requiere pasar mucho tiempo en ese lugar para poder identificarte con él, con sus habitantes y su forma de vida. Es bajar la guardia, disfrutar del momento, sentirte un ciudadano más de ese país. Cubrirse el rostro, ir descalzos o comer serpientes, puede ser tan chocante como ir enseñando la ropa interior por la calle y comer caracoles en la paella. No olvidemos que el intercambio cultural siempre es beneficioso. Es difícil extirpar un prejuicio, imaginemos cien de ellos. No basta con abrir los ojos. También es necesario abrir la mente.

Foto: Víctor Nuñez

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