Kirguistán se abre al mundo

Las reformas políticas y sociales están haciendo de Kirguistán un lugar exótico y auténtico que ya merece la pena visitar.

En el interior, escondido detrás de las enormes estepas vacías del Kazajstán y al oeste de China, y custodiado por las cumbres vertiginosas del Tien Shan y los rangos de Pamir, Kirguistán respalda su enigmática reputación con una geografía formidable y que merece la atención de los viajeros en busca de experiencias un tanto más exóticas.

Y es que últimamente el velo de la nación ha comenzado a levantarse, abriéndose paulatinamente al mundo occidental y empezando a despertar el interés de todos. Con las restricciones de visado aliviadas y la estabilidad política y social poco a poco restaurada, después de una revolución que provocó el derrocamiento del presidente en 2010, el turismo está creciendo en un 20 por ciento cada año.

El atractivo principal aquí es sin duda el considerado patrimonio nacional de la Ruta de la Seda, por delante de la grandeza urbana. Y es que setenta y dos años de gobierno soviético dejaron su huella en Kirguistán, algo que se hace palpable desde en la capital en descomposición de Bishkek, hasta en los conocidos los balnearios gauche del lago Ysyk-Köl.

Eso es lo que hay, piensan muchos de sus ciudadanos, y no es tanto un ademán de resignación, ya que saben que el corazón de Kirguistán late más allá de la arquitectura brutalista, en las tierras más allá de las grandes metrópolis, donde la vida nómada se persevera y sigue creciendo día a día.

Algunos proyectos turísticos nacientes ofrecen la oportunidad de gozar de atractivos muy dispares y auténticos: alojarse en el yurta (una especie de tienda de campaña típica de los nómadas de Asia central) de un pastor en alguna de las estepas del interior, dar una caminata por el bosque antiguo de nogal de Arslanbob, o tomar leche de yegua fermentada en los caravasares de siglos de edad en Tash-Rabat.

En la puerta de entrada de las montañas donde se reúnen los aficionados al trekking en Karakol, una cafetería con conexión Wi-Fi ha abierto una amenidad-occidental rara para los habitantes de esa zona, pero que le salva la papeleta a muchos visitantes.

Foto: Gusjer

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