Noelia en la playa de Barranco

Barranco, tradicional distrito de Lima Perú. Cuenta con una playa muy querida en la que muchos romances han ocurrido a lo largo de los años

Bajar a la playa de Barranco fue un clásico de mi adolescencia. El recuerdo de esos años adolescentes tiene dos sabores: la lúcuma y la sal del mar. Un sabor, este último, que se siente en la punta de la lengua cuando uno pasea por las playas de Barranco.

Durante mi adolescencia pasé muchas tardes en la Costa Verde. Esta es un extenso circuito de playas que abarca distintos distritos como Magdalena, San Miguel, Miraflores, Barranco y Chorrillos. En aquella época ya muchos limeños las habían abandonado para viajar más al sur a playas menos visitadas como Punta Rocas, Señoritas, Caballeros, El silencio y Punta Negra entre otras. Como toda búsqueda de playas que genera modas, ahora esas playas más alejadas se han vuelto demasiado concurridas y se ha iniciado una nueva búsqueda por parte de los veraneantes. Hoy las nuevas playas de moda están a muchos kilómetros de la capital.

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Pero volviendo a la Costa Verde en mi época de adolescencia, recuerdo que solía bajar a la playa de Barranco en las tardes. Cuando los pocos bañistas que seguían fieles a la Costa Verde, se habían retirado a sus casas. Era el momento ideal para aquellos que buscábamos disfrutar del sonido del mar, la tranquilidad de una playa solitaria y el sabor de los helados de lúcuma. Claro, la playa no estaba desierta ya que otras personas también aprovechaban la tarde para visitar la playa sin tener a tanta gente alrededor.


Cuando escribo que bajaba a la playa me refiero a una característica peculiar de las playas de Lima. Para llegar a ellas uno debe bajar el acantilado inmenso que las separa de la ciudad. Una gran muralla de roca eleva a la ciudad por encima de las aguas. Esto se puede considerar una ventaja en caso de Tsunami, ya que ni la ola más alta podría vencer el tamaño del acantilado. Sin embargo, como en Lima no se registran tsunamis desde hace 4 siglos, es una ventaja que no llama mucho la atención.

Por el lado estético la ventaja se nota por la espléndida vista que uno consigue de las playas desde la cima del acantilado. Además, para bajar no hay mayor trámite ya que muchos coches están disponibles para bajar a la playa y también se cuenta con escaleras en muchos tramos del acantilado.

Muchos acantilados terminan en acumulaciones de rocas o en abismos de mar. No es el caso del acantilado de la Costa Verde. Debajo del mismo se encuentra la avenida costanera y luego la playa. Uno encuentra allí restaurantes turísticos, cebicherías y a los clásicos triciclos de heladeros que recorren el circuito de playas de punta a punta.

Durante mis años de adolescente solía visitar las playas de Barranco porque mi mejor amigo vivía en ese distrito. Visitarlo era hacer una visita al mar. Solíamos recorrer algunas calles de su bohemio distrito hasta llegar al borde del acantilado. Desde esa posición observábamos el mar y luego bajábamos a la playa a recorrer las arenas.

Nuestra intención no era simplemente disfrutar la tranquilidad del lugar. También teníamos la intención de conocer alguna chiquilla que saliera a pasear a la playa por las tardes. Muchas chicas bajaban en grupo a pasear por las playas tranquilas en la tarde. Nosotros, como todo adolescente, teníamos como prioridad en esos años conocer mujeres.

Pero no buscábamos sexo. Nos impulsaba el ideal del amor. Ambos compartíamos la afición de escuchar canciones románticas de las décadas pasadas. Se puede decir que eramos unos jóvenes nostálgicos. Y la canción que nos parecía la cumbre del romanticismo era «Noelia» del español Nino Bravo.

La canción de Nino Bravo relata un romance con una chica solitaria de nombre Noelia. La presencia de la playa está desde el inicio de la canción. «La veo todas las noches por la playa pasear y no sé de dónde viene ni a dónde va… y solo sé que se llama Noelia». En aquellos años, tanto mi amigo Edgar como yo, soñábamos con ser cantantes románticos similares a Luis Miguel. Así que nuestros ideales eran un poco disparatados para nuestra generación.

La mayoría de nuestros contemporáneos seguían a los grupos ingleses de rock (a nosotros también nos gustaba el rock, pero vivíamos obsesionados con las baladas románticas en español). Por otro lado estaban los grupos que gustaban la música salsa o caribeña (una multitud que ha ido creciendo con los años). Pero aficionados a la balada romántica habían muy pocos. Parecía un género destinado únicamente para gente mayor. No nos preocupaba en realidad ser un tanto distintos a los demás.

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Como nuestra canción símbolo relataba un encuentro romántico en una playa solitaria, pensábamos que vivir esa experiencia nos proporcionaría una especie de «paroxismo romántico» difícil de igualar. Imaginen enamorarse en una playa solitaria.

Al principio, como jóvenes inexpertos en los ardides del amor, no teníamos mucho éxito hablándoles a las chicas. Para consuelo nuestro no teníamos mucha competencia ya que los galanes preferían conocer mujeres en las pistas de baile y no en playas solitarias. Así que las playas eran nuestro territorio.

Como la playa de Barranco era la más cercana a la casa de mi amigo se volvió un clásico de nuestros años de aprendizaje en el arte de conquistar mujeres. Muchos «hola me parece haberte visto en otro lugar» eran seguidos de respuestas del tipo «¿Y qué me importa?», pero como cualquier adolescente no perdíamos la esperanza.

Generalmente para cuando el sol abandonaba las playas ya nos encontraba haciendo un recuento de los errores que habíamos cometido. Nuestro optimismo era muy grande y estábamos seguros que tarde o temprano encontraríamos a la chica ideal, a la Noelia de nuestra historia de amor.

Finalmente, Noelia llegó una tarde mientras tirábamos piedras al mar. Mi amigo la vio primero. No estaba triste como la Noelia de la canción. Al contrario se mostraba sonriente conversando con una amiga. Sin embargo, ambos coincidimos que algo en su mirada nos impactaba. Una melancolía en su mirada nos enamoraba.

También coincidimos sobre su amiga, quien no era precisamente muy atractiva. Por ello comprendimos que solo uno de los dos podría encontrar el amor ese día. Claro asumiendo que la suerte nos acompañara al abordarla.

Afortunadamente, tantos días practicando nos hizo especialmente hábiles para conocer a nuestra «Noelia». Ella era tan dulce como la imaginábamos y resultó ser esa «mujer» esperada. Nuestra primera conversación fue muy buena, pero no nos indicó a ninguno la preferencia de ella por alguno de los dos. Como sabíamos que no debíamos competir entre nosotros tuvimos que tomar una decisión. Ya en la noche y lejos de la «chica» tuvimos una conversación seria sobre los pasos a seguir en la próxima cita pactada con ella para el fin de semana. Edgar la había visto primero y acordamos que él debería ser el que intentará enamorarla.

Para la segunda cita, que fue también en nuestra querida playa de Barranco, mi labor fue alejarme con la amiga no atractiva para darle a mi amigo la oportunidad de declararse.

Al caer la noche, mientras observaba la noche estrellada y escuchaba el murmullo del mar, compré un helado de lúcuma para hacer más dulce el momento. Alejada unos metros se encontraba una nueva pareja que iba caminando tomada de la mano. Mi amigo Edgar había conseguido a su Noelia en las playas de la Costa Verde.

Foto uno en flickr.
Foto dos, son muchas las Noelias en Barranco, en flickr

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