Experiencia en Praga

jrl79.jpgDondeviajar.es inicia una nueva sección en la que USTEDES son los protagonistas. Les animamos a que nos envíen sus EXPERIENCIAS vividas en sus viajes. Nosotros las publicaremos y así aconsejaremos a través suyo al resto de lectores.

Para empezar les mostramos la experiencia de Juan J. Maicas, de Zaragoza, quien relata sus días vividos en Praga, una de las más bellas ciudades de Europa.

¿Quieres visitar Praga? ¡Cómo no! Y Budapest, Berlín, Viena… Son ciudades que a pesar de estar relativamente cerca, todavía no conozco. Nada más terminar de hacerme estas preguntas, comencé a preparar mi mochila. Pocas son las cosas que voy a necesitar: unas buenas zapatillas para desgastarlas por las adoquinadas calles de la capital de la República Checa; y cinco días por delante, pueden ser suficientes.


A las 19 horas en la víspera de la “celebración” de la fiesta de la Hispanidad, aterrizo en el aeropuerto checo, y media hora más tarde me encuentro alojado en un modesto hotel del extrarradio. Todavía no hace mucho frío. Es noche cerrada y tan sólo son las 20 horas, las calles están desiertas, el millón doscientas mil personas que habitan esta urbe, han cenado o están a punto de hacerlo; y no pasará mucho tiempo más, hasta que se vayan a dormir. En esta parte del mundo la vida funciona así. En mi país, España, a esta misma hora se comienza a vivir.

Me aprovisiono de planos, mapas y de otra información que me pueda servir. Mañana temprano comienza mi aventura en Praga, la ciudad de Franz Kafka. Conocida es la monumentalidad de esta urbe. Compruebo esto nada más salir de la boca del metro en el mismo corazón de la ciudad, en la plaza Wenceslao, la arquitectura es arrogante, caprichosa. Los multicolores tranvías transitan de un barrio a otro, el tráfico de vehículos es escaso…, el suelo adoquinado no es muy compatible con los coches. El río Moldova, con sus aguas remansadas por un azud, serpentea a través de la ciudad. No pierdo la oportunidad de subir a uno de los barcos que lo recorren, las perspectivas son diferentes, y te encuentras con lugares inesperados El barrio judío es mi siguiente destino, en él se encuentran varias sinagogas de diferentes épocas, a una de ellas se le llama “La Española”. En algún sitio he leído que por estas calles hay que transitar en silencio, con respeto, pues todavía están las cenizas calientes, en referencia a la represión hitleriana de 1939. Franz Kafka, el escritor checo y judío más famoso del país, podría hablar mucho de esto. Éste significado intelectual mantuvo una relación de amor y odio con su querida Praga. Un asunto algo kafkiano, como se suele decir.

Callejear por la ciudad vieja es como hacerlo a través de la historia, la inspiración viene sola. A pesar de la época en la que nos encontramos el clima es agradable. Es de obligado cumplimiento asistir a un concierto de música en cualquier templo religioso, se celebran todos los días. Así lo hago, la magnífica acústica coopera con los violines y los violonchelos. Me deja muy relajado y me siento a contemplar en la plaza Namiste a los cientos de turistas que estos días visitan la ciudad. Van en grupos de quince o veinte personas acompañados por un guía que les explica con pelos y señales cada rincón, cada edificio y su historia, me consta que muchas veces improvisan.

El pueblo checo es sincero y con un amplio sentido del humor. Han aprendido a vivir rodeados por los alemanes, los polacos y los austriacos. Amantes del jazz, después de la música clásica. También del teatro y de la ópera. Son aficionados a la buena mesa; las bajas temperaturas en invierno, hasta veinte grados bajo cero, contribuye a esto. Se alimentan de humeantes y espesas sopas, y de carnes como el cerdo, todo muy abundante; las gargantas las engrasan con la cerveza Pilsen, una jarra tras otra, qué no falte.

Estoy algo cansado, son las siete de la tarde y lo mejor que puedo hacer es cenar, mi maltratado cuerpo me lo agradecerá, además me ha entrado hambre después de hablar de la comida. Sin dudar, solicito sopa y carne al ajetreado camarero, el restaurante está al completo, me siento en la terraza exterior bajo un paraguas de esos que despiden calor, sí, unas estufas a la intemperie. La cerveza entra sin querer. Una hora más tarde los comercios cierran sus persianas, las luces se apagan y las calles se quedan solitarias. Apenas remolonean algunos grupos de turistas. Cuando bajo las escaleras del metro, buscando mi retiro, al entrar en los andenes, nadie paga, todos se cuelan, mi sorpresa es mayúscula. ¡Sólo he abonado mi billete yo! El cielo amanece encapotado. Me introduzco en el metro, esta vez sin pagar, no quiero ser el único contribuyente que sostiene este medio de transporte. Así comienza mi segundo día en Praga. Pasear por el barrio del castillo es hacer un viaje al pasado, sin la necesidad de la máquina del tiempo. El castillo y su barrio habitado, es el más grande del mundo. El conjunto medieval lo componen decenas de palacios, iglesias y museos, también coexiste alguna sede del gobierno. El foso y unos desproporcionados jardines rodean al arrogante castillo.

En un banco situado en estas extensas zonas verdes me dispongo a tomar un tentempié, así descanso un poco, llevo varias horas andando y comenzaba a angustiarme, ver tantas piedras, salas y candelabros, tan seguido, es algo indigesto. Y ¿cómo no?, también de los miles de turistas pateándolo todo, sí, claro, como yo. Una vez escuche que las operadoras que organizan los viajes son los administradores de la pereza de los demás. Pienso que estos grupos de turistas domesticados y conducidos por un guía, podrían hacerlo de forma independiente, autónoma. Vivirían el viaje con más espontaneidad e independencia.

El gobierno checo consigue importantes ingresos con la entrada que debes abonar en cada lugar o estancia del castillo, que por cierto no son nada baratas, y hay decenas de lugares, la fiesta te puede salir por unos miles de coronas. Todo un negocio muy bien montado. Como podréis deducir yo no participé en este juego abusivo y desigual, y os puedo asegurar que no vi menos que los que si pasaban por la ventanilla. Desde luego, el conjunto no hay que dejarlo pasar. La riqueza artística y la monumentalidad son un auténtico lujo. Edificios encantadores con fachadas de todos los estilos, rincones que invitan al recogimiento. Salones de grandes dimensiones, donde las monarquías pasaban de forma placentera sus vidas, disponiendo de las vidas y haciendas de los súbditos.

Desde las alturas bajo al barrio de Mala Strana, fundado por los colonos alemanes. Los edificios de estilo barroco son diferentes entre sí, compiten unos con otros en elegancia. Los restaurantes, cervecerías, tiendas de souvenirs y galerías de arte proliferan por todo el barrio. Es una delicia, voy de sorpresa en sorpresa, atravesando pasajes, y calles peatonales. De repente me encuentro con un parque, que ni sabia que estaba allí, es de grandes dimensiones, y está ornamentado con gigantescos setos, esculturas, así como árboles en pleno proceso otoñal.
Ahora recuerdo algo; hablando de estaciones, en 1968, se produjo la famosa “Primavera de Praga”, un movimiento social que reclamaba reformas políticas; entonces los carros de combate comenzaron a rodar por los adoquines praguenses. Ya ha pasado mucho tiempo desde que se escribieron esas páginas en la historia.

He dejado la guinda para el atardecer: el puente de Carlos, es la tarjeta de presentación de Praga, todo él es peatonal, y lo cruzan miles de turistas cada día, está muy recargado de estatuas religiosas en diferentes estados de conservación. Las pilastras del puente están protegidas con barreras de troncos de madera. En invierno la corriente de agua arrastra bloques de hielo, que al chocar con las viejas piedras, se podrían producir daños irreparables. El tiempo que puedes invertir en cruzarlo va desde la media hora hasta el infinito, todo depende de las veces que interrumpes tus pasos para admirar y participar en la intensa y globalizada vida del puente: Un grupo de jazz tocando, dos muchachas invidentes cantando ópera, unos niños alimentando a las gaviotas, pintores de todos los estilos vendiendo su mercancía mientras hacen retratos, a la vez que por sus arcadas pasan barcos de variados calados.

Apuro las últimas horas del día paseando por las atiborradas callejuelas mientras busco un restaurante para cenar. Me encuentro, parapetada tras unas enormes gafas de sol a la “superoperada” actriz, ahora presentadora de películas rancias en televisión: Carmen Sevilla, algunos segundos después, unos avispados turistas españoles la reconocen también y comienzan a bombardearla con sus cámaras digitales. Tiene que salir disparada del lugar. Es el precio de la fama.

Ésta región de la República Checa se denomina Bohemia, es famosa en el mundo por sus vidrios: lámparas, vajillas, joyas y otros objetos fabricados con este material. Son multitud los comercios que se dedican a la venta de estos productos. Otra cosa que abunda en la ciudad son los teatros de mimo; el más popular es el Teatro Negro, me lo recomiendan en muchos lugares, pero me olvido del tema, no quiero pasar hora y media en una fila para sacar un ticket a un precio abusivo, en total disonancia con los salarios que se dan en el país. Este problema está muy generalizado, varios ejemplos: el metro es más caro que el de Madrid, y una cena corriente en la parte vieja de la ciudad, puede rondar los quince o veinte euros.

Cuando me echo a la calle por la mañana, el sol ya calienta algo. Promete ser un buen día. Mi proyecto para hoy es cruzar el río de nuevo por el puente Carlos, para luego encaminarme hacia la pequeña montaña situada a la izquierda de Mala Strana. En este lugar existe una amplia zona verde, con árboles de distintas especies y enormes praderas. Es sábado, y los praguenses se disponen a disfrutar de su día libre en el campo abierto. Pequeños caminos asfaltados, suben y bajan por las laderas. Después de recorrer varios kilómetros vuelvo otra vez hasta la orilla del río. Aparezco algo alejado del centro, los edificios aún mantienen su elegante estilo, con sus fachadas recién restauradas. Hay más tráfico y los turistas han desaparecido por completo.

Quiero seguir caminando por estas calles apenas transitadas, me resulta extraño después de tantas aglomeraciones… La decisión de visitar esta ciudad ha sido acertada, las expectativas se han superado. Aunque me hubiera gustado disponer de más tiempo. El desconocimiento del idioma me impide entrar en conversaciones con los lugareños, es una auténtica pena. Saber como viven ahora, que piensan de su pasado y que esperan del futuro, en fin…, tendré que dejarlo ahí.
En distintos puntos de la geografía urbana hay antiguas torres de defensa, algunas de ellas necesitan urgentemente una restauración: la piedra está totalmente negra.

Mis piernas llevan recorridos varios kilómetros. Me siento en el bordillo de un jardín para ver transitar a todo tipo de individuos, de lo más variopinto y colorista, desde un hombre anuncio, hasta un turista arrastrando los pies a consecuencia del agotamiento; esto de hacer turismo es muy duro, siempre lo he dicho.

La luz diurna disminuye, dejando paso a la noche, apenas son las siete de la tarde y ya comienza a hacer algo de frío. El invierno se acerca, se encuentra en las puertas de la ciudad. Mañana retorno a mi país, me encamino hacia el sur, a tierras más calientes. Un manto de niebla es protagonista de mi última jornada en Praga. Hago mi penúltimo viaje en el metro para visitar el Museo Nacional. Nunca había visto tantos minerales juntos, todo está muy cuidado y organizado. Cuando escribo estas líneas estoy sentado en la sala de embarque del aeropuerto, a punto de tomar un vuelo charter a Zaragoza. Tengo que armarme de paciencia porque ya lo han retrasado dos veces. Esto de los aviones no es lo mío. Demostrado.

Fuente: viajeros.com

Foto: jrl79

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