Museo de Auschwitz, cicatrices de la historia

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Han llovido ya más de 60 primaveras desde los horrores de la segunda Guerra Mundial, y el Holocausto, al que fue sometido el pueblo judío. Pero para aquellos intrépidos viajeros que deseen conocer más a fondo aquella realidad, que anhelen descubrir el trasfondo de aquel desventurado capítulo de nuestra historia, se les brinda la oportunidad de conocer de primera mano el campo de concentración de Auschwitz. Y es que, como reza uno de los carteles del museo en que ha sido reestructurado el campo: “A veces la mejor forma de conocer la historia es volver a vivirla”.

A primera vista, adentrarse en Auschwitz puede antojarse una visita un tanto desapacible para la mayoría de nosotros, debido a las sensaciones que inevitablemente nos suscitará el hecho de tener que plantarle cara a los desafortunados sucesos que transcurrieron durante aquellos fatídicos años, pero nada más lejos de la realidad. El caminar entre los barracones de Auschwitz proporcionará a los visitantes del museo una sensación de realismo inherente, pero enriquecedora, difícil de equiparar al que nos pudiera transmitir, por ejemplo, cualquier otro museo convencional.

Hoy en día, es sencillo echar mano a algún libro de historia y tratar de acercarse al contexto político-social que imperaba en Europa a principios de la década de los 40. Pero si bien es sabido que una imagen vale más que mil palabras, el situarse en el escenario más relevante de la barbarie que protagonizaron las tropas de las SS dará lugar al entendimiento y la reflexión de una forma más elocuente.

aus3.jpgEl que fuera el mayor campo de exterminio judío, epicentro de la barbarie alemana, queda enmarcado a 60 Km. de la ciudad polaca de Cracovia, elegido este punto por las buenas comunicaciones férreas, que enlazaba la práctica totalidad de las estaciones de tren de la antigua Europa. Todo con una superficie de 40 km2, en la que se conservan, con una muy cuidada restauración, barracones, torretas, enfermería, calabozos y demás instalaciones del campo. El museo se encuentra perfectamente dotado de paneles explicativos en cada una de sus secciones, con el objeto de dar a conocer los pormenores de las directrices, que fueron seguidas por las tropas alemanas, para mantener este enorme complejo de la forma más desapercibida posible a los ojos de los países aliados. Y, a su vez, sacar gran provecho económico para seguir librando en otros frentes aquella guerra que concluyera con tan pocos vencedores y tantísimos vencidos.

Además el campo cuenta con un personal altamente preparado, en su mayoría ciudadanos polacos (un pueblo este tan involuntariamente protagonista de aquella guerra), que por un muy bajo precio, nos harán una visita guiada a través del museo, explicándonos con precisión todas los interrogantes que nos puedan asaltar sobre la vida en el centro; en función de nuestras preferencias, o sensibilidad, nos mostrarán o no, unos u otros departamentos del museo (y evitar así, contemplar algunos aspectos del campo que puedan resultarnos demasiado impactantes, o incluso “morbosos”).

Como ya hemos comentado, no resulta esta una visita demasiado placentera para los sentidos, pero sí que puede ser una incursión muy fructífera desde el punto de vista cognitivo que nos reportará sin duda un grado de sensibilización acorde a unos hechos que, nos guste o no, protagonizaron un importante capítulo de nuestro pasado. A veces es necesario viajar, para no olvidar. El que tengamos a nuestro alcance la posibilidad de conocer de una forma tan precisa el cómo y el por qué ocurrieron (y siguen ocurriendo) estas crueldades, que tanto burlan la ética y la moral humana, ayudará a desgastar el consagrado tópico de que “la historia siempre se repite”.

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Fotos: Jorge Fernández

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