La nieve ayuda a la auto-cuarentena de Tokio

La inesperada nieve a finales de marzo ayuda a que los japoneses se queden en casa para luchar contra el virus.

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Este pasado fin de semana la gobernadora de Tokio había pedido a la población que se quedara en casa. El miedo por el crecimiento en infecciones del coronavirus ha hecho que Japón comience a reaccionar. Algunas zonas del país, como Hokkaido, están tomando las medidas de contención más agresivas, mientras que en la capital, por la cual se mueven a diario millones de personas, intenta frenar la expansión del virus. Japón tiene varias ventajas que hasta ahora le han ayudado a controlar el virus con una efectividad inaudita.

La población japonesa, por ejemplo, utiliza mascarillas en el día a día casi en su totalidad, especialmente en estas fechas. Es posible que muchas de las personas con las que nos cruzamos por la calle no estén usando la mascarilla por prevención del coronavirus, sino que el motivo se encuentra en que nos encontramos en la época de alergias que suele afectar a gran parte de la población. Pero en definitiva, mientras se usen mascarillas el motivo por el cual se esté haciendo no importa tanto.

Por otro lado, es bien sabido que los japoneses no son tan afectivos como los occidentales. No hay proceso de dos besos en las mejillas cuando nos encontramos o conocemos a alguien. Tampoco hay abrazos ni apretones de manos. Esto se aplica a desconocidos, pero también a la familia. Las emociones y los sentimientos se muestran de otras maneras, más profundas, arraigadas en el espíritu y no en la acción de demostrar el afecto a los demás. Interiormente se sabe que existe ese respeto, ese aprecio, pero no se manifiesta. Por ello la sociedad japonesa tiene muchos menos boletos de transmitir el coronavirus que en otros países, como el nuestro o Italia, donde sabemos que somos cariñosos de una manera extrema.

Por estos motivos Japón posiblemente ha mantenido a raya al virus. Se comenta, entre las muchas teorías conspiratorias que también se generan en el país del sol naciente, que el gobierno ha esperado a «abrir la puerta al virus» al momento en el que se ha anunciado el aplazamiento de los Juegos Olímpicos. Nadie lo sabe con ciencia cierta. Es posible que así sea, es posible que no. El país ha mantenido muy controladas las pruebas para el coronavirus porque los japoneses tienen la mentalidad positiva llevada a lo extremista. Piensan que todo irá bien, que nadie se tiene que preocupar de nada, que si no hay pruebas, no está pasando. Si pasa, entonces buscan una solución. Hasta ese momento, es mejor pensar que no ocurre nada. Y no se puede decir que no sea una forma de actuar ciertamente arriesgada, pero solo hay que ver las cifras de contagios del coronavirus en Japón para ver que el país tampoco lo está haciendo tan mal.

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No obstante, como decíamos, este fin de semana la gobernadora de Tokio había pedido que la gente se quedara en casa. El pasado fin de semana comenzaron las fiestas del cerezo, típicos picnics que se hacen bajo los majestuosos árboles tradicionales japoneses, los sakura. Estas fiestas son momentos para estar en compañía de amigos, familia o compañeros de trabajo, bebiendo y comiendo, cantando y riendo. Son momentos atípicos para los japoneses donde pueden desconectar y disfrutar sin límites. También son el caldo de cultivo perfecto para el virus, que aprecia este tipo de congregaciones. La gobernadora quería, por lo tanto, que no se realizaran las fiestas.

Lo que hizo además de pedir a la ciudadanía que se quedara en casa fue cerrar los parques donde se suelen celebrar estas fiestas. Pero el país quiso hacer algo más, colaborar de forma interna con una nación que sabe luchar, pero que también necesita un empujón de vez en cuando, y lo que ocurrió es que todos nos despertamos el sábado por la mañana con copos de nieve cayendo sobre las calles. ¿Nieve en los últimos días de marzo? No es precisamente algo normal. Pero ahí estaba, majestuosa, blanca, limpia, llenando los tejados de las casas y las flores de los jardines, empujando a que los japoneses se quedaran en casa, disuadiendo a los que habían encontrado parques fuera del centro de Tokio donde celebrar la fiesta del sakura.

Durante unas horas nevó. Posteriormente llovió. Y llovió mucho, tanto como para que los ciudadanos prefirieran estar en sus casas. Porque algo que no les gusta nada de nada a los japoneses es la lluvia. Que llueva es sinónimo de que vamos a ver por la calle no solo legiones de paraguas transparentes, sino grandes cantidades de personas caminando o corriendo a toda velocidad para llegar a sus casas. La lluvia no es radiactiva, pero lo parece. Por lo que este fenómeno recogido, que se repitió también, pero sin nieve, durante la mañana del domingo, propició que las personas se quedaran en casa y que el virus, se contuviera.

Comienza la semana y en Japón, desde donde escribimos estas líneas, tememos una inminente cuarentena. Los rumores apuntan a que Tokio se cerrará pronto. Los supermercados se quedan sin stocks, las estanterías se vacían, no hay hogar japonés que no haya acumulado al menos 30 kilos de arroz. Y podéis creernos cuando os decimos que aquí 30 kilos de arroz no representan tanta comida. Se come arroz, y mucho. En ausencia de la barra de pan, las tres o cuatro tazas de arroz diarias son ley.

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Con el lunes ya iniciado los japoneses vuelven a su status quo, representado por autobuses llenos hasta la bandera, trenes en los que puedes oler el perfume (o la ausencia del mismo) de las personas que tienes a tu alrededor, las borracheras después de la oficina con el jefe, las visitas a clubs en los que hombres de mediana edad se entretienen hablando con señoritas para desconectar del trabajo, y las largas sesiones de juego de azar en las salas de pachinko. Hay muchos focos que se pueden convertir en graves problemas para la sociedad japonesa, lugares en los que el virus se puede extender de una manera implacable. No se guardan las distancias y en la intimidad el uso de la mascarilla puede acabar siendo secundario.

Al mismo tiempo hay otro miedo que persigue a los japoneses: el temor a tener el virus. Esto, que se ve como un estigma, produce vergüenza y malestar entre quienes lo sufren, que sienten que han cometido algún tipo de error hacia los suyos. La disculpa pública del cómico japonés Ken Shimura en televisión, donde se disculpó con el país por tener el coronavirus, es una perfecta demostración de ese sentimiento de vergüenza que sienten los ciudadanos cuando se encuentran en esta situación. Y ese mismo sentimiento es lo que puede llevar a que el virus se descontrole. Porque quien no quiere sentir vergüenza intentará ocultar lo que le está ocurriendo o, como decíamos antes, intentará hacer acopio del pensamiento positivo japonés. Pensará que todo va bien, que es la alergia, que es un resfriado, que no ocurre nada, que no es coronavirus. Y mientras el ciudadano infectado cruza los dedos y mantiene su rutina a fin de dar la espalda a la verdad, el virus se sigue extendiendo sin dejar rastro e impidiendo que las autoridades sanitarias puedan controlarlo. Esto es lo que preocupa a los japoneses, a las familias, a los ancianos, a quienes saben que somos afortunados, que quienes residimos en Japón, por el momento, hemos recibido el regalo de la fortuna, porque el virus parece controlado. Japón es fuerte, como España. Pase lo que pase, las personas tenemos que mantenernos unidas, sacar fuerzas de flaqueza y luchar. El futuro no pertenece a un virus, nos pertenece a los humanos.

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