Damasco, un paraíso terrenal

Patio de la Mezquita Omeya

Dicen que el profeta Mahoma nunca llegó a entrar a Damasco ya que al observar la ciudad desde el monte Casiún (o Jebal Qassioun) dijo que “al paraíso sólo se accede al momento de morir”. Quizás hoy en día sea una exageración, sobretodo porque su estado actual no tiene nada que ver, pero la vista desde este lugar es magnífica y permite contemplar la inmensidad de la capital de Siria.

El mejor momento para subir (se tiene que tomar un taxi y negociar el precio con el taxista para hacerlo) es al atardecer, en el momento en que toda la ciudad se ilumina y muchos de sus habitantes acuden a pasear o a sentarse en uno de los variados bares y restaurantes que pueblan el monte.


Mezquita Omeya desde el monte CasiúnUno de los puntos de referencia que se distingue claramente desde las alturas es la mezquita de los Omeyas, el principal monumento y edificio religioso de la ciudad. Históricamente, este lugar ya fue sede de edificios de culto de los arameos, romanos y bizantinos. Durante el califato Omeya (661-750 d.C) se derruyó la basílica cristina que ocupaba el lugar y se levantó esta gran mezquita. A nivel artístico, el patio del recinto, que tiene el suelo de mármol blanco, cuenta con elaborados mosaicos dorados.

Además, a nivel sagrado ocupa el tercer lugar después de las mezquitas de La Meca y Medina. Actualmente en ella se mezclan los musulmanes que hacen sus oraciones con los turistas, que tienen que pagar entrada. A las mujeres les prestan una especie de gabardina con capucha que tienen que ponerse si no van cubiertas con hiyab.

En la ciudad antigua y al lado de la ciudadela se encuentra el zoco Al-hamidiyya, el principal centro comercial de la ciudad. Es un bullicio continuo de gente, la mayoría autóctonos, que acuden en busca de cualquier tipo de objeto: ropa, artesanía, perfumes, joyas, especies, jabón… No hay que salir de él sin probar los deliciosos helados del Bakdash.

Zoco de DamascoSiguiendo en la ciudad vieja, que conservar parte de sus murallas y sus antiguas siete puertas de acceso, merece la pena visitar el palacio Azem y alguna de las casas antiguas damascenas. Hay edificios públicos y también numerosos restaurantes que cuentan con espléndidos patios restaurados típicos de este tipo de construcción. Podeís aprovechar para pasear por este precioso y decadente barrio, hablar con la gente y dejarse invitar a tomar té…

Aunque sea un tópico que se repite en cualquier texto sobre Damasco, no está de sobra recordar que es la ciudad más antigua del mundo habitada continuamente. Los restos más antiguos que se han encontrado se remontan al tercer milenio antes de Cristo. Se pueden ver muchos hallazgos arqueólogicos y piezas de arte antiguo en el Museo Nacional. Aunque su conservación deje mucho que desear cuenta con una amplísima colección.

Fotos: Albert González Farran

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